¿ESPAÑA COMO SOLUCIÓN?
Estábamos en los finales de mayo de 2014. Pocos días antes se habían celebrado las elecciones al Parlamento Europeo y UPyD había obtenido cuatro escaños -uno de los cuales correspondía al que firma este comentario-, y la obsesión de nuestro candidato consistía en formar parte de un grupo parlamentario. Sosa Wagner había vivido durante cinco años de aislamiento crónico en una cámara en la que, en las trepidantes sesiones de los plenos de Estrasburgo, las tomas de posición sobre los más heterogéneos asuntos se suceden durante algún centenar de ocasiones, y el sentido del voto resulta en la práctica imposible prescindiendo del amparo de alguna de las agrupaciones de la Cámara.
El posicionamiento político e ideológico del partido liderado por Rosa Díez había llamado la atención de los diferentes grupos en aquel parlamento. En especial el de los liberales de ALDE, que también deseaban contar con una representación nacional en España -o dos, Ciudadanos sumaba también a dos eurodiputados-. Con ese motivo el profesor Sosa recibía la llamada del presidente del grupo liberal y demócrata, Guy Verhofstaat, para mantener una conversación con él. Sosa no formaba parte de la ejecutiva de UPyD -yo sí- y él quería acudir a esa convocatoria en compañía de un miembro de la dirección del partido. Rosa me pidió que asistiera con él a la reunión.
Nuestra vinculación al grupo ALDE, además de algún problema interno -no toda la ejecutiva del partido estaba de acuerdo, había alguno que prefería el grupo parlamentario de los socialistas- contaba con el obstáculo que los nacionalistas catalanes y la diputada nacionalista vasca opondrían a la misma. Era singular, como poco, que ideologías que aspiran recobrar los viejos privilegios medievales estuvieran incluidos en ese grupo. Pero así ocurría entonces y así ocurre ahora en el caso del PNV.
Por eso Sosa propuso que Verhofstaat firmara con UPyD un documento en el que se señalara la determinación de ALDE de apoyar la integridad territorial de España, en los términos del artículo 4.2. del Tratado de la Unión, que señala:
(La UE) “Respetará las funciones esenciales del Estado, especialmente las que tienen por objeto garantizar su integridad territorial, mantener el orden público y salvaguardar la seguridad nacional”.
Remite por lo tanto la mencionada disposición al artículo 2 de nuestra Constitución, que proclama la “indisoluble unidad de la Nación española”
Y así se hizo y se suscribió por las partes. Los cuatro diputados de UPyD y los dos de Ciudadanos nos incorporamos al grupo ALDE.
He traído a colación este asunto como reflexión previa al reciente fallo del Tribunal de Justicia de la UE respecto de la ley de amnistía. Una sentencia que no considera afectados por el procés soberanista los intereses financieros de la UE, que no estima que una ruptura de la unidad de uno de sus Estados miembros afecte a los intereses económicos de la Unión y que entiende que la ley sometida a su examen resulta útil para “reducir tensiones políticas y facilitar la reconciliación institucional”, de quienes, de modo tajante y sin ambigüedad de ningún tipo, han prometido -¿amenazado?- que lo volverían a hacer; aún más, de una ley que no pretendía pacificar la situación de Cataluña, sino garantizar la investidura de Sánchez. Y en relación con los llamados CDR y sus actuaciones violentas objeto de la amnistía, el TJUE afirma que la ley española no resta eficacia a la lucha antiterrorista europea.
Sirve el antes referido artículo 4.2. del Tratado -siempre a decir del tribunal- como apoyatura de la acción que determine cada Estado miembro, en tanto que no está el TJUE autorizado a velar por los intereses de la UE en materias que no le han sido transferidas por los Estados. Dicho de otro modo, el procés soberanista y sus consecuencias son cuestiones internas de España, no de la Unión.
Puestas así las cosas, esa Europa que era la solución de España en las palabras de Ortega se advierte ahora, además de renuente, incompetente para resolver y aun encauzar los asuntos nacionales de los países miembros. Son ustedes quienes deberán poner en orden -o desorden- lo que ocurra en su casa, nos vienen a decir.
No nos engañemos. Así ha sido y así les ha ocurrido a otros Estados componentes de la UE. Vean los casos de Polonia o el más reciente de Hungría. La democrática Unión ha logrado convivir con el populismo y sólo los ciudadanos de esos países han conseguido revertir esa situación.
No es mi pretensión de europeísta convencido denostar la benéfica influencia que la integración europea ha supuesto para España. Desde los fondos de ayudas concedidas en diferentes momentos, hasta la estabilidad económica que supuso el euro o la vacuna del COVID… existen más que sobrados ejemplos. Pero hay también -y es preciso advertirlo- una cierta fatiga de la Unión para hacer frente a una indigesta suma de problemas que se le acumulan: la inversión en Defensa, el difícil mantenimiento de su estado del bienestar, la histriónica actitud del presidente de su principal aliado, la inmigración, el crecimiento del populismo -veremos lo que ocurre en Francia el año que viene-, la industria, la energía, su relación con China… toda una serie inacabable de dossiers para una Europa paralizada en los consensos, atomizada en los países, atemorizada en su Este por una guerra que no tiene fin. Una Europa que ya apenas avanza, que se diría carece de objetivos.
De modo que la pelota vuelve a nuestro tejado. Somos de nuevo -siempre ha sido así- los españoles los que deberemos encontrar la solución de nuestros trances. Y no estaría de más, para conseguirlo, contar con el ejemplo de la selección española de futbol que acaba de bordar su segunda estrella en su camiseta. Ya se ha dicho muchas veces, pero no es ocioso el repetirlo: españoles de diferentes procedencias, unidos en un objetivo común y dirigidos por un buen coach.
Pero no nos engañemos demasiado pronto. Españoles haylos, pero proyectos y directores no. Por seguir con el símil futbolístico, sólo regate corto, posesión de la pelota, ausencia de determinación en el disparo y, por lo demás, solemne aburrimiento.
El ejemplo de la roja empieza y acaba en ella misma.
