EMMA BONINO
En estas épocas de desierto político, en las que las ideas se baten en retirada y las formulaciones reactivas y simplistas toman la delantera, y no sólo eso, los políticos con principios han sido sustituidos por los que nada más que sienten apego por las poltronas y carecen de empatía alguna hacia las gentes comunes y corrientes, hay pérdidas que no constituyen sólo un desfile inevitable hacia la muerte, porque se trata de personas que no resultan sustituibles con facilidad, porque seguramente son insustituibles.
El fallecimiento de Emma Bonino nos ha dejado huérfanos a quienes la conocimos. Y no porque fuera ella una especie de madre, sino porque -como ocurre con nuestros progenitores- era ella un faro, una referencia, un lugar sólido al que asirse en momentos de zozobra, que son casi todos en los tiempos que corren.
Se va con ella una parte de nuestros sueños de libertad, de lucha contra la intolerancia, de combate a la injusticia, contra la discriminación y, en momentos históricos en los que la democracia en Europa -y en otros tantos lugares- se encuentra amenazada por el populismo, perdemos a una insobornable europeísta.
No la conocía aún y ya había oído hablar de ella. Y en términos elogiosos. Durante la primera legislatura del gobierno Aznar, un grupo integrado por afiliados del PP del País Vasco nos reuníamos en Bruselas con el flamante comisario español, Marcelino Oreja. Éste nos recomendaría que tuviéramos un contacto con su colega italiana. Está siempre disponible -aseguraba Oreja-. No tiene inconveniente en pasar la Navidad en un campo de refugiados…
En aquella ocasión, nuestras agendas no encontraron un hueco que posibilitara el encuentro. Tiempo después, cuando en mi siguiente reencarnación política yo era portavoz de exteriores de UPyD, fui invitado por los componentes españoles del Partido Radical a uno de los bulliciosos congresos que esa singular formación organizaba en algún recóndito pueblo de Italia. Los oradores se sucedían unos a otros en un coro disonante de argumentos e ideas que las más de las veces tenían poco que ver entre sí, en tanto que un sujeto encartelado y de maneras circunspectas caminaba por el pasillo central del auditorio protestando por la extraña alianza de los radicales con Berlusconi. Encontraría una explicación a ese acuerdo en lo que ocurre con los partidos pequeños a los que los sistemas electorales fagocitan sin remedio: o te alías con otros más fuertes o desapareces.
Yo intervine entonces, contando a los asistentes en qué consistía el proyecto de UPyD. Y era que la ausencia de sectarismo que -supongo que con alguna excepción desconocida para mí- existía en el partido radical le permitía esa notable característica de transnacional y trans-partido, vale decir que podías formar parte de él aunque no fueras italiano y estuvieras afiliado a otra formación política.
En aquellas ocasiones -serían dos, tres si cuento la reunión que organizaron en Barcelona- tuve la oportunidad de hablar con Bonino y de encontrarme con su jefe de filas, el venerable Marco Panella, primo de mi amigo, el abogado florentino Alfonso de Virgilis, también radical.
Tenía Emma un magnetismo personal -eso que se califica de carisma- que te atraía. Tanto que ella se quejaba cuando le concedieron el premio “Galileo 2000” en una de aquellas incomparables veladas en la magnífica Florencia. Decía Emma a sus entregados seguidores: “Es mejor que me queráis menos y me votéis más”.
Porque la gente la quería. Y ella hablaba sin tapujos, decía “las verdades del barquero”. Convencida europeísta, afirmaba que con los estados nacionales no se iba a ningún lado. “Hay dos tipos de países en Europa -afirmaba-: los que saben que son pequeños… y los que todavía no se han enterado de que lo son”. Cuando repetí esta frase a un joven diplomático francés, este torció el gesto. Formaba parte de los segundos.
Ya despidiéndome del Parlamento Europeo, y con la ayuda del que entonces era mi asistente Adrián Vázquez -hoy reciclado en eurodiputado del PP- organicé un encuentro en Madrid con los partidos que formaban parte de la Alianza Liberal y Demócrata Europea (ALDE). No había entre ellos ningún partido italiano e invité a Emma a participar en él. Me contestaría enseguida agradeciendo el gesto pero declinando su presencia. Ya anidaba en ella esa corrosiva enfermedad que, pese a que pudo superarla, dejaría en su organismo la secuela del agotamiento, la pérdida de energía, la reducción de su tiempo vital.
Se ha ido Emma, vive en nuestro recuerdo y su fuerza nos acompañará siempre. Como seguramente permanecerá también en la sonrisa de aquellos refugiados con los que una vez -quizás otras muchas- compartió ella una cena una noche de Navidad.
