EL PERVERSO RESULTADO DE LAS GUERRAS CIVILES

EL PERVERSO RESULTADO DE LAS GUERRAS CIVILES

Adrian Wooldridge ha escrito un ensayo de imprescindible lectura,cc (Centrists Of The World, Unite!), que constituye una inteligente defensa de la democracia liberal ante los embates que viene recibiendo ésta por parte de los populismos de uno y otro signo.

En uno de sus pasajes, el conocido columnista británico, describe la Guerra de Secesión americana (1861-1865) en los siguientes términos:

“América ha tenido siempre una minoría marginal de nacionalistas blancos que piensan que su identidad racial se encuentra amenazada por otras razas (particularmente la de color negro) y que piensan que la Guerra Civil produjo un mal resultado”.

Para esa minoría, no cabría otra solución que la de revertir a posteriori lo que han supuesto los hechos, girar hacia atrás las manecillas del reloj de la historia y pretender así un retorno de la situación ex ante, en la que los campos de algodón se veían cultivados por una profusa masa de esclavos.

“Cualquier realidad no asumida prepara su venganza”, decía Ortega. Y es cierto, porque la reflexión de Wooldridge sitúa el desquite de la minoría nacionalista blanca entre los soportes ideológicos que conforman la heterogénea amalgama de confusos seguidores del actual presidente norteamericano. Su corolario, el regreso a la América del inmarcesible WASP (White, Anglo-Saxon, Protestant) sería la mejor de las soluciones. No sabrían, empero, quienes así piensan, dónde colocar el nuevo punto de partida. Si resulta más conveniente mover la moviola  hasta el momento anterior a la guerra civil norteamericana -lo que supondría retornar a la existencia de la esclavitud- o definir como el comienzo de esa nueva época recuperada la situación inmediatamente anterior a las leyes abolicionistas de la segregación racial debidas a la presidencia de Johnson (1963-1969).

No se produce el mismo debate en nuestros pagos. Pero sí existe una semejanza que se diría paradigmática en la historia del enfrentamiento civil entre unos y otros. Es ésta que, concluida la contienda, vencedores y vencidos mantienen -aun soterradas- las razones que les llevaron a presentar batalla, no racionalizan el escenario de la contienda como la expresión de un fracaso colectivo y pretenden idealizar la situación anterior como si se tratara ésta de un remanso de felicidad y, acaso, sueñan con un vago retorno hacia un escenario  similar.

Esa idealización de la Segunda República española no parece soportar el más elemental juicio de la historia. Y existen argumentos sobrados que demuestran que el que se presenta por algunos como paraíso de las libertades no sólo no lo fue tal sino más bien su contrario. En Triste y agria -expresión recogida también de Ortega-, Demetrio Castro repasa las insuficiencias y las contradicciones de aquel tiempo histórico en el que sus protagonistas principales, no sólo no hicieron posible la democracia, sino que se alejaron progresivamente de ese proyecto.

Basta repasar el citado texto -existen otros- para comprobar que la inestabilidad de los gobiernos no sólo resultaba un fenómeno aplicable a la monarquía de la Restauración, el asalto a la Administración por los responsables políticos del nuevo régimen (spoil system) o la paradigmática Ley de Defensa de la República, que haría decir al corresponsal de The Times en España que era evidente cómo “la arbitrariedad ha suplantado al respeto a la justicia que tan dilatadamente aparecía dos años antes en el programa republicano”.

Se trataría en suma de un experimento que nacía sin vocación de integrar a los españoles de diferentes convicciones políticas, religiosas, de orígenes sociales y de regiones más o menos desarrolladas, agrarias unas, industriales otras. Una República sólo para republicanos -como quería Azaña- de la que quedaría excluida al menos la otra media España, no resultaría posible. Y una República que carecía de valedores, pues que una parte -singularmente un significativo sector del PSOE- sólo la quería como instrumento para alcanzar la revolución socialista, en tanto que otros -no escasos componentes de la CEDA, el conjunto de Renovación Española…- pretendían el regreso del régimen anterior, y los nacionalistas vascos y catalanes -como siempre- sólo jugaban a la conquista de una soberanía que era producto de una ensoñación histórica, cuando no de la recuperación de los privilegios de una sociedad medieval de corte estamental.

Algunos comentaristas pretenden que, en este revoltijo en el que anda sumida la (mala) política española, las fuerzas de la izquierda pretenden ahora levantar de nuevo la bandera republicana. Amagos de esa posibilidad existen, desde luego. La inefable actitud del ministro Puente en relación con un gesto meramente cortés del Rey en la toma de posesión del presidente de Colombia podrían insinuar un camino que eventualmente estarían dispuestos a recorrer los socialistas de hoy y al que habían sido renuentes a emprender sus compañeros en agosto de 1930 (recordemos que Prieto asistió a título particular a la reunión del Pacto de San Sebastián). Según estos comentaristas, la activación -con permiso de un Tribunal Constitucional como el actual- del procedimiento del referendo consultivo del artículo 92 de nuestra Carta Magna, propiciaría la “toma de temperatura” de las veleidades independentistas en Cataluña (en el País Vasco ya están prácticamente en vigor los Fueros, en una interpretación superabundante de la Disposición Adicional Primera) de la que traería su causa una modificación definitivamente confederal de la organización territorial del Estado, que ya dejaría de parecerse a la España que contempla la Constitución vigente y que se llevaría por delante la Monarquía, dejando expedito el alumbramiento de la Tercera República.

Podría deberse la actitud del ministro Puente más bien a un ajuste de cuentas con el monarca ante el tirón de orejas de éste al gobierno por su desastrosa gestión en la invasión por súbditos marroquíes de Ceuta, pero parece cada vez más evidente que el  socialismo que, en otros pagos, servía como instrumento para desactivar a sus más peligrosos socios (véase el caso de Mitterrand con el partido comunista a principios de los ‘80s) continuaría con la estela del PSOE de la época republicana, recreando un comunismo  irrelevante para asumir después su disolvente relato.

De esa manera, los pactos que se presentaron hace unos tres años para conseguir el poder, se convierten ahora en el discurso de futuro. “Hemos hecho de la necesidad, virtud”, declararía Sánchez. Pero bien pudiera haberlo expresado con otros términos: “Hemos convertido la mala política en la partera de la desintegración de todo lo positivo que creamos juntos en su día”.

Todo resulta posible, por muy rocambolesco que parezca, en estos meses en los que la proximidad de las elecciones hace tañer las campanas que suenan a un cambio de ciclo. ¿Se parecerá éste más a una confrontación entre el apuntalamiento de un régimen o a la sustitución del mismo?

Fernando Maura

Fernando Maura

Abogado economista por la Universidad de Deusto. Concejal en el Ayuntamiento de Bilbao (1983-1987) y parlamentario vasco (1990-2007). Refundación del Partido Popular, siendo secretario general del PP del País Vasco. Miembro del Parlamento Europeo (2014-2015), vicepresidente del grupo liberal (ALDE). Diputado de Ciudadanos (2016-2019). En la actualidad es promotor del foro LVL de política exterior y del foro 1876 de análisis del periodo de la Restauración canovista.

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