DE REFUGIOS Y DE HOMBRES JUSTOS
Caen chuzos de punta sobre buena parte de las gentes de las que se ha rodeado Pedro Sánchez, personas más o menos nuevas en su conocimiento y en su trato -por supuesto que no de amistad, ya que el presidente sólo tenía con ellos una relación superficial, a decir de éste- o tan antiguas en el conocimiento como su mujer o su hermano. Se diría que están siendo investigadas las personas, pero también los lugares en los que el también secretario general del PSOE encuentra su ámbito de actuación. La calle Ferraz, doblemente registrada en la sede socialista y en la oficina del expresidente Zapatero, forma parte también del escenario de la tormenta. Gentes, lugares, movimientos sospechosos de dinero -en efectivo a veces-, joyas y relojes en una caja fuerte… el granizo va devastando, implacable, las ubicaciones y golpea, inmisericorde, a quienes le sirvieron de guardia de corps, de parapeto, en el tiempo de su ascenso y en el de la conservación del poder.
Cada vez más acorralado, el presidente renuncia a responsabilidad alguna por las presuntas corruptelas actuadas por sus gentes y la declina también por lo que puedan haber actuado en los lugares de los que también es jefe, como si lo único sustantivo fuera La Moncloa y la presidencia del gobierno y lo adjetivo todo lo demás. No miren hacia Ferraz -parece afirmar-. Yo voy poco por allí…
Con su sonrisa habitual y su gesto condescendiente asegura que no convoca elecciones a pesar de que piensa que le iría mejor a su partido si se celebraran a lo largo de este año. Por descontado sabe que falta a la verdad, porque si convoca ahora perdería seguro. Pero su declaración remite a la idea del sacrificio del partido como ultima ratio para su salvación in extremis en julio de 2027. Y si el castigo se produce en los ya menguados traseros de los concejales y diputados autonómicos socialistas, podrá pensar Sánchez como el acreedor que remitía a un alguacil a reclamar una deuda y que recibía, a cambio, un palmetazo de sus deudores: “Así me las den todas”.
Recluido, fortificado, en la Moncloa, hierático, a pesar de que todo el ensamblaje a su derredor se está hundiendo, Sánchez observa cómo los alfileres que le sujetan a esas briznas del poder sin el sustento efectivo del poder (la mayoría parlamentaria, los presupuestos…) permanecen sin embargo fuertes a pesar de su debilidad. Fluctuat nec mergitur, como reza el escudo de París. No confundamos la zozobra con el ahogo, porque ni los socios apoyarán una moción de censura, ni Feijóo la presentará, ni el presidente pedirá la confianza al parlamento.
¿Estará pasando un rato divertido el inquilino en su refugio monclovita? No me siento en condiciones de sumergirme en las pulsiones más íntimas de un personaje al que se diría que le resbalan, sin penetrar en él, las emociones, los lamentos, los ruidos de la calle… pero se diría entretenido, entre viaje y viaje, sabedor de que algunas cortinas de humo se activarán en pocos días (la visita del Papa, los mundiales de fútbol, las vacaciones de verano…), aunque también habrá otras que le puedan producir determinada desazón, como lo es la numerosísima red de actuaciones judiciales que se teje en su entorno.
Entretanto, cunde la desesperación entre los ciudadanos, que observamos atónitos este fin de ciclo que no acaba de terminar, esta agonía que carece de desenlace. Y que no cesa de preguntarse acerca de cuántas más celadas podrá urdir desde su refugio de la Moncloa su ocupante, cuántos desaguisados más el hacedor de indultos y amnistías, el facilitador de la liberación de los presos etarras, el gobernante que gobierna sin presupuestos…
Y se preguntan también si no existen mecanismos en la Constitución que prevengan este tipo de comportamientos. Pero habrá que contestarles que las normas son importantes, pero que lo somos más las personas que creemos en ellas y las cumplimos. Recuerdo un debate presidencial en Francia entre la socialista Segolène Royal y el conservador Sarkozy. Aquélla había propuesto un servicio público de acompañamiento nocturno a las mujeres que volvían solas a casa. ¿Sabe usted cuánto nos costaría eso?, preguntaría su rival. En ese momento tuve claro que Royal no sería presidenta de su país.
¿Cuántos agentes de policía deberían patrullar las calles españolas si nuestros ciudadanos -o los que nos visitan- decidiéramos robar a nuestros vecinos, consumir sin pagar en los establecimientos o atizar un golpe a los transeúntes que nos dificultan nuestros paseos por las calles?
Al igual que lo que ocurre con el Código Penal sucede con los usos democráticos. No sólo se trata de cumplir con la norma -que también- se trata de actuar con responsabilidad y formalidad democrática. Y cuando alguien -lo mismo da un ladrón, un empresario, un médico, o un político- considera que está por encima, más allá, de la ley y de las más elementales pautas de comportamiento, es todo el edificio de nuestra convivencia el que corre peligro de desmoronarse. En especial cuando ese proceder se generaliza.
Decía Aristóteles que las leyes funcionan cuando las personas han aprendido antes a gobernarse a sí mismas.
