¿CIEN AÑOS DE SOLEDAD?

¿CIEN AÑOS DE SOLEDAD?

Carlos Granés es un lúcido intérprete de la realidad cultural, política y social de los países americanos de habla española y de las relaciones de éstos con España. En su libro “El rugido de nuestro tiempo” (2025), el antropólogo de origen colombiano afirma:

«La internacional patriótica y tradicionalista a la que se ha sumado Abascal sirve a los intereses de Putin y Trump en detrimento de Europa, por tanto, de España y de América Latina. Pretende debilitar la unión de países que permitió a España superar el franquismo y convertirse en un país próspero y moderno. De lograrlo, Europa acabaría siendo una réplica de América Latina: un coro de grillos nacionalistas, cada cual más chovinista y celoso de sus fronteras, indiferente a la suerte del vecino e incapaz de tener la más mínima injerencia en los problemas globales. La desunión de Europa que persiguen estos patriotas antiglobalistas supondría un retroceso a la insignificancia. A la soledad absoluta».

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Se trata de una cita sin duda larga, pero que contiene, a mi juicio, una afirmación bastante realista de hacia dónde nos dirigimos los hablantes en el mismo idioma en los dos hemisferios.

Siempre he considerado que los países hermanos de América habían heredado de nosotros, los españoles, no sólo el idioma y la religión, sino también algunas de nuestras peores prácticas políticas. La obsesión por el golpe militar como solución a los obstáculos que unos y otros ponían a los contrarios para impedirles conseguir su acceso al poder, el caudillismo, el rechazo y la aniquilación del rival político… todas éstas, actitudes que se identifican en la palabra “intransigencia”, que forma parte de nuestra cultura política, de diferente manera a esa otra palabra, “liberal” -que como se sabe es un término creado en España-, que lleva de la mano la palabra “tolerancia”.

Lo que no conocíamos hasta ahora -o hasta hace pocos años, para ser más exacto- era que se iba a producir una especie de efecto boomerang, por el que las malas políticas latinoamericanas, corregidas y aumentadas como consecuencia de la sagaz inventiva de algunos líderes de aquellos países, regresarían a España como emuladoras de las prácticas de los Chávez-Maduro o Milei, sin desdeñar la posibilidad de que otros pretendan imitar a Bukele y su política de desprecio absoluto de su Constitución, la inculpación indiscriminada y la conversión de su país en un paraíso de la alegalidad.

Evoca Granés, en esta su citada obra, la novela americana quizás más caracterizada del siglo XX, debida a su compatriota Gabriel García Márquez, “Cien años de soledad”. Macondo sería, para Granés, la réplica de este mundo en el que la ausencia de certezas nos conduce al aislamiento, una soledad que se convierte en un refugio en el que apenas se produce siquiera la visita de un tal Melquíades, que nos advierta de los prodigios que nos aportan los nuevos tiempos.

Y es oportuno el comentario también, porque la retroalimentación y el boomerang de va y viene se ha puesto de manifiesto de la misma manera en la descabellada visita de la presidenta autonómica Ayuso a México. Y lo es por la utilización que tanto ella como el presidente Sánchez hacen de la política exterior en beneficio propio. El Hernán Cortes ayusista no es el hantavirus sanchista, aunque los dos empiezan con hache, que es la letra con la que empieza la palabra hedor -que no la palabra “hodio”, inexistente, por otra parte-. Huele ya muy mal en esta tierra de garbanzos y de mohína que se monte una escenografía innecesaria, por aparatosa, de una situación que, como decía el abandonado a su suerte presidente de Canarias, Fernando Clavijo, se podía haber resuelto de la misma manera en Cabo Verde; y hiede también la información que se conoció al poco de arribar el crucero a las costas otrora “afortunadas”, del ciudadano español y de la ciudadana francesa aquejados de sintomatología de esa enfermedad. No causa menor hedor la desafortunada visita de Ayuso a México que, en lugar de trabajar por lo que une a Madrid con ese país -la lengua, la cultura, los negocios…- se obstine en ofrecer lecciones que ensalcen la acción española de Cortés que, sabido es -y a fe que de manera injusta-, supone una afrenta para el discurso político que impera en ese país. Lo que es tarea de historiadores y opinadores debería dejárseles a ellos, y los políticos dedicarse a resolver problemas y no a crearlos -según la certera definición que Groucho Marx hacía de estos responsables públicos.

Pero Granés va más allá. Para él la cizaña no se quedaría a este lado de los Pirineos, correría el riesgo también de contagiar al resto de Europa. Los emulados por Abascal, Le Pen-Bardella, Meloni, AfD et alia, forman una liga a la que -aun extramuros de la Unión- se uniría ese ladino mentiroso que es Farage, y que amenaza con llevarse por delante buena parte de la brillante historia de la democracia parlamentaria británica.

Por supuesto que existen pulsiones contrarias a éstas. Meloni no es Trump -quizás por defender al Papa-, Tusk está intentando recomponer a su país, Magyar a desorbanizar Hungría…y quizás, algún día, la némesis de la democracia liberal en la que ha derivado el proyecto de Pedro Sánchez deje paso a una posible recuperación del espíritu perdido de la transición que nos hizo mejores y nos condujo a los españoles a las libertades y al progreso.

‘Cien años de soledad” confrontados, por fortuna, con nuestro dicho: “No hay mal que cien años dure”.

Fernando Maura

Fernando Maura

Abogado economista por la Universidad de Deusto. Concejal en el Ayuntamiento de Bilbao (1983-1987) y parlamentario vasco (1990-2007). Refundación del Partido Popular, siendo secretario general del PP del País Vasco. Miembro del Parlamento Europeo (2014-2015), vicepresidente del grupo liberal (ALDE). Diputado de Ciudadanos (2016-2019). En la actualidad es promotor del foro LVL de política exterior y del foro 1876 de análisis del periodo de la Restauración canovista.

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