EL PAPA VISITA BARCELONA
Ha concluido la visita de León XIV a una España que le ha recibido con un clamor único -y unificado- que ya quisiéramos que fuera el ingrediente de nuestra convivencia cotidiana, el pan nuestro de cada día -dicho en términos evangélicos. Y es que ocurre que, en medio del desconcierto que provocan las pésimas políticas de unos y los desatinos de otros, una inmensa mayoría de nuestros conciudadanos están dispuestos a “alzar la mirada” por encima de las contrariedades que nos acosan.
A nadie le ha debido sorprender que Madrid haya respondido de modo admirable a la presencia de Robert Prevost entre nosotros. Que Madrid haya respondido bien -como le dijo el Rey Felipe a Su Santidad. La duda, si es que quedaba alguna, estaba en la recepción que los barceloneses tributarían al Pontífice, toda vez que Miriam Nogueras detenía el saludo al Papa con demandas de impropia formulación, y el fugitivo Puigdemont convocaba a un despliegue de banderas independentistas por las calles de la ciudad condal.
Los gestos de los dirigentes secesionistas han demostrado una vez más su error. Una equivocación que no es sólo táctica sino estratégica, porque yerran cuando requieren al Papa que contribuya a su identitarismo lingüístico, porque además vienen desde su nacimiento -y en eso consiste su error de estrategia- insistiendo en la idea del particularismo, en la reivindicación de la diferencia, que no es sino una muestra más de su convicción de que ellos son superiores a los otros. Y los otros, está claro, lo somos los españoles que no queremos ser nacionalistas.
Es un mensaje, el nacionalista, que se opone a las proclamas de una posición católica que, por ende, llama al universalismo. Un nosotros, el de los independentistas, que es un no-a-otros, y que repugna a la idea de la dignidad de la persona. Comoquiera que somos mejores, tenemos derecho a que se nos trate mejor, como si fueran ellos mismos unos aristócratas del Antiguo Régimen, una especie tan antigua que produce sonrojo la sola calificación de progresista aplicada a sus huestes. Y pretenden que el Papa contribuya a ese discurso: hable catalán, explique que somos diferentes, que la nuestra es otra nación… que ya nos encargaremos nosotros -como ya lo vienen haciendo desde su nacimiento- de construir desde ese basamento el edificio de nuestra singular prepotencia.
No es que sólo sea opuesta esa concepción de la sociedad a la que representa León XIV, es que si los separatistas catalanes pretendían coger con el pie cambiado a la diplomacia vaticana han quedado cumplidamente servidos. Son muchos siglos los transcurridos en la historia de la Iglesia como para sorprenderla en un renuncio tan impensable. Mientras que el romanticismo catalán, los agrestes carlistas de aquellas tierras y el Desastre de 1898, con la perdida de nuestras últimas colonias, atizaba los afanes particularistas, Roma llevaba sorteando mil y un enredos, celadas y agresiones, permaneciendo firme y observando cómo el pasar de los tiempos apenas ha producido mella en su estructura fundamental. Es más que probable que esta maniobra indepe haya producido en los organizadores del viaje -y en el propio Papa- más una sonrisa condescendiente que una preocupación real.
Cuando observaba las imágenes en la televisión y leía los comentarios de los articulistas, evocaba yo el primero de los viajes que Alfonso XIII realizó a Barcelona. Lo organizaría don Antonio Maura en abril de 1904. Se trataría de una operación arriesgada hasta el punto de que muchos amigos y correligionarios del político mallorquín pretendieron desterrar de su cabeza semejante proyecto. Los catalanistas de la época llamarían a boicotear los actos de recepción del monarca. Pero bastaría la figura de un joven Rey, montado a caballo, recorriendo las calles de la ciudad condal, para que el fervor popular enterrara las proclamas identitaristas. No hubo tiendas cerradas y sí banderas españolas. El catalanismo se batía en retirada ante la España encarnada por Don Alfonso.
Salvadas las distancias -que no son pocas- ha ocurrido lo mismo con León XIV. Las esteladas ahogadas por las enseñas españolas, el catalán relegado al adjetivo ante un sustantivo idioma español y la idea de la unidad -que tiene una raíz similar a la de universalidad- como colofón de una visita que llama a la esperanza.
Una esperanza que, sin lugar a dudas, nuestra clase política se ha ocupado muy pronto de reducir a cenizas.
