DESCONCIERTO EN GÉNOVA 13
En efecto, en Génova 13 el personal se mueve desconcertado, casi como pollos sin cabeza, aunque cabeza la haya en la persona de Alberto Núñez Feijóo. El jefe de una organización que ahora parece decidido a competir de manera directa con sus adversarios/colaboradores necesarios de Vox en su propio terreno. Con años de distancia respecto de la singular idea de la presidenta de Madrid -Ayuso propuso esa intención en la campaña electoral de 2019- de aprobar ayudas a los concebidos no nacidos –nasciturus, nos enseñaban que se decía en la Facultad de Derecho-. A la pregunta entonces de un periodista respecto de lo que ocurriría con esas prestaciones si el concebido no llegaba a nacer, la principal autoridad de la autonomía respondía con su habitual desparpajo: «No lo he pensado… no lo hemos estudiado de manera concreta».
Había apostado antaño el principal responsable del Partido Popular por ampliar su base electoral hacia el centro, y con ese propósito incorporaba en sus heterogéneas huestes a muchas de las gentes que militaron en las de Ciudadanos. Conjurado ese frente, ahora se apresta a ofrecer batalla en el terreno de Abascal. No creo que lo tenga tan fácil como con los restos del naufragio de Cs, Vox es un partido estable en su porcentaje de participación electoral -en torno al 17 ó 18%-. Está fuerte, y ya se sabe que la gente prefiere siempre el original a la fotocopia.
Ha efectuado el líder del PP una de esas giras de carácter tranquilizador, que le son características, al País Vasco en este caso, donde -al igual que en Cataluña- ha demandado a sus empresarios comprensión y ayuda para expulsar a Sánchez del poder sin mediar elecciones por el procedimiento de una moción de censura, siempre que “le den los números”. A cambio, Feijóo les promete no reformar el injusto sistema de financiación autonómica -el Concierto y seguramente el cálculo politizado del Cupo- y una propuesta de combatir las bajas laborales -un cáncer, dijo- que sus lugartenientes han debido matizar con rapidez ante la inmediata embestida socialista. En Cataluña ya prometió pasar página, una vez concluido el procés soberanista, y descontado que la sentencia del TJUE dará la razón al Gobierno respecto de la supuesta inconstitucionalidad de la ley de amnistía; aprovechó la oportunidad para demandar a sus empresarios que le faciliten el trabajo de convencer a Junts con el mismo propósito de desalojar a Sánchez del poder.
Y si la esencia de la política consiste en la reforma, el PP parece haberse abonado, una vez más, a la estrategia de Rajoy, por la que “mejor es no meterse en líos”. Confrontado a corrientes contradictorias, la más liberal y la más conservadora, será la resultante habitual de la okupación del barco la que presida sus decisiones más que la del rumbo que imprima a la nave. En este estado de cosas, la única esperanza de que algo cambie vendrá de su inevitable y aguerrido socio, Santiago Abascal. Claro que en la faltriquera de éste hay de todo, alguna moneda buena entre una considerable parte de dinero falso.
Pero a lo que más temor tienen y más desasosiego produce en Génova es a los ases que aún guarda en su manga Sánchez. Disparan ahora contra la llamada “ley de abuelos” -reclamada por Fraga y el mismo Feijóo- que nunca debería haber ligado la nacionalidad con el derecho de voto, cuando aquel elector ni sabe ni le interesa lo que ocurre en España más allá de disponer de un pasaporte que -mal dadas en sus imprevisibles países- les puedan abrir las puertas de España y de Europa. Y tiran a barullo, pues que el último escaño del PP en las pasadas generales, procedente del voto exterior, determinaría que el PSOE tuviera que pedir el apoyo de Junts -no le bastaría su abstención-, con la consiguiente puesta en marcha de la referida ley de amnistía.
Ignoro si los buenos oficios del preclaro Paco Salazar, de gira peripatética interminable por las Américas, logrará revertir la escasa participación electoral de los no residentes en un resonante triunfo para las huestes socialistas. Pero no parece que en el escaso tiempo que tiene por delante, este nuevo escudero sanchista logrará trocar en triunfantes lanzas las exiguas cañas que se le han debido proporcionar.
El arma electoral que ya está sugiriendo Sánchez es su próximo y esperado proyecto de presupuestos, después de tres años de incumplimiento constitucional. Anuncia el gobierno que serán notablemente expansivos en lo que se refiere al gasto social. Una afirmación que padece de la característica clientelar que ya resulta general en las ofertas de uno y otro partidos turnantes en España, pues si entre 4 y 5 euros de cada 10 de gasto público se van en atender el capítulo de las pensiones, la inversión apenas alcanza 0,5 euros. Eso significa que en nuestro país los trenes seguirán sufriendo accidentes y retrasos, que las carreteras seguirán deteriorándose, que el servicio público de salud seguirá careciendo del músculo necesario para ofrecer la atención que precisa el cada vez más amplio contingente de usuarios… que España seguirá sin funcionar. Eso sí, con una mayor amplitud de estómagos agradecidos.
Los presupuestos no se aprobarán -y en el improbable supuesto de que se aprueben, no se corregirá la distribución de las partidas del gasto público-, lo que no significa que nuestro país vaya mejor ni peor, sólo igual de mal que siempre. A cambio, el PSOE de Sánchez enarbolará las armas de una nueva contra-cruzada plebiscitaria integrada por muros fabricados del “No pasarán” Guerra civilista. Una campaña que tendrá muchas de las características de un referéndum y que integrará con otros aditamentos, como el del anti-trumpismo que el presidente de los Estados Unidos ya le viene sirviendo en bandeja con sus frecuentes y variados dislates.
Formará parte del guiso el argumento victimista del lawfare, que el intrincado mallado de corrupción construido por el socialismo gobernante ha creado para la sola protección del presidente y sus allegados, haciendo de la necesidad de su defensa la virtud del ataque contra los funcionarios públicos que velan por el cumplimiento de la ley. Y algunos condimentos más que por el momento desconocemos, pero que ya en la sala de máquinas de Moncloa estarán seguramente guisando. Y que, en Génova 13, espantan de tal manera que aspiran sin mucha esperanza a ser ellos quienes organicen las elecciones, no sea que si se las montan desde el Ministerio del Interior sean un pucherazo. Un melón, este último, peligroso de abrir donde los haya en democracia.
