¿COMPARTIENDO LA MUERTE?
En su novela L’evanuissement, Jorge Semprún se hacía eco de la reflexión de Hemingway, según la cual los españoles resultamos tan dados a la tragedia que compartimos pocas cosas más que la muerte. Y ponía para aseverar su afirmación el escritor norteamericano dos ejemplos: la guerra civil y los toros.
Ese sentimiento trágico de la vida al que también se refería Unamuno se diría que constituye un lastre sin arrojar por la borda que nos condena a todos los españoles a la contienda permanente. Una pelea que no sólo sería de carácter dialéctico sino que se inscribiría en una dimensión destructiva, cainita, de la misma manera que sucede en el cuadro de Goya: nos molemos a palos, y además ni siquiera nos habilitamos una escapatoria al brutal duelo a muerte, atrapados como estamos en la misma tierra que nos vio nacer.
Habrá que negar la mayor a Hemingway y a Semprún. Al cabo, si los toros constituyen el espectáculo de la desaparición inevitable -del astado- y posible -del torero-, también le antecede al mismo el categórico apelativo de fiesta. Y las fiestas unen mucho a los españoles. Es verdad que en otras partes de nuestra complicada Europa existen fiestas. Ahí está el caso del Oktoberfest de Múnich, el carnaval de Venecia, el día de San Patricio en Irlanda… pero tengo para mí que no existe país en Europa en el que unas fiestas se engarcen con otras sin solución de continuidad como ocurre en España. Da comienzo la temporada de verano precisamente con los sanfermines en Pamplona -que no en vano serían popularizados por el mismo Hemingway-, cuyo chupinazo pone en marcha los consabidos festejos en todos los pueblos y ciudades españoles, en una uniformidad de charangas, pasacalles y encierros que unifican nuestra piel… del toro, desde luego, más allá de las proclamas autonomistas/nacionalistas más o menos identitarias. Pero es que antes hemos pasado por las procesiones de Semana Santa, las Fallas, la feria de abril de Sevilla, la romería del Rocío -con su correspondiente salto de la verja- o la tomatina de Buñol.
Y si la fiesta no disipara por completo la afirmación de los expresados escritores, ahí está nuestra historia más o menos reciente, expresada en la normalidad institucional abierta por Cánovas con la Constitución de 1876 -vigente hasta el golpe de estado del general Primo de Rivera de 1923- o el más próximo aún de la actual democracia española que se contiene en la Constitución de 1978. Aunque no deja de ser cierto que nuestro siglo XIX estuviera colmado de un rosario de guerras interiores -civiles, por lo tanto- y de asonadas y levantamientos de la soldadesca, hasta el punto de que, cuando en otros lugares de Europa, se topaban con un militar levantisco, lo calificaban de “general español”.
Conservaremos las fiestas los españoles, desde luego, por muy iconoclastas que seamos -y lo somos mucho-, pero lo que también está claro es que cada cierto tiempo se diría que nos encanta autoflagelarnos con la insistencia de recorrer los viejos caminos que nos condujeron a la desgracia. Y si los hacedores de la transición española abrieron una etapa basada en el acuerdo, hoy esa práctica ha desaparecido de nuestro mapa político. Prueba de ello es la articulación de gobiernos contra-natura -Frankenstein, los llamaba Rubalcaba- cuya existencia se justificaba en elevar un muro contra la extrema derecha y la derecha, un muro que expulsa de la ecuación del pacto cuando menos a la mitad del país. Se repetía así el enfrentamiento entre rojos y azules y se abría un periodo en el que no sólo se vulneraba la letra de la Constitución (ausencia de presentación de presupuestos, colonización y abuso en beneficio propio de las instituciones, utilización sobreabundante de mecanismos legislativos excepcionales…), sino también de su espíritu, lo que no son sino los usos democráticos -cuando no se dispone de mayoría parlamentaria se somete uno a una cuestión de confianza o se convocan elecciones-. Se trata, en suma, de cancelar esa Constitución inmanente a la que se refería Cánovas, y que en el caso de la Carta Magna -formalmente- vigente es, como digo, el procedimiento del consenso para la solución de los problemas más complejos con los que nos encontramos.
Por suerte, y por desgracia, aún no ha permeado en la población el nivel de polarización política que se vive en el edificio de la Carrera de San Jerónimo. Por suerte, resbala sobre la tranquila -mansa- ciudadanía española este rosario de descalificaciones, iniquidades, procedimientos y sentencias de los que nos informan los medios de comunicación y las redes sociales; por suerte, porque el nivel de crispación política no se advierte todavía en la calle, aunque sí haga acto de presencia en algunos ámbitos familiares. Por desgracia, porque esta misma atonía con la que se disfraza una cierta indiferencia, es el basamento sobre el que se ha edificado el muro y se sostiene la contienda.
“No somos españoles”, explicaba un contrariado ciudadano francés cuando le preguntaba un periodista acerca de los motivos de su agresividad en la manera de confrontar alguna medida legislativa del gobierno de su país.
Nosotros -que somos españoles- amamos por el contrario la fiesta, enterramos bien a nuestros muertos -que decía Rubalcaba- y asistimos sin gloria ni pena al espectáculo de quienes resucitan a los fallecidos en las pasadas guerras y pretenden que vuelvan a pelearse como redivivos fantasmas. En eso están unos, y en lo otro está buena parte de nuestra ciudadanía.
