NOMBRES PROPIOS, SOCIEDADES DIVIDIDAS, DREYFUS Y MAURA
Dicen que al escritor francés Victor Hugo, que había sido aceptado como futuro miembro de la Academia, le recomendaron cumplir con la tradición de presentarse a los que ya componían dicha institución. Se trataba de un gesto de respeto hacia quienes ya ocupaban un sillón en esa prestigiosa casa. Con ese objeto se dirigió el ya conocido autor a uno de los más provectos miembros de la Academia, un anciano que nada conocía de la obra de aquel joven intruso.
– ¿Quién es usted, exactamente? -debió preguntarle.
– Victor Hugo.
- No tengo idea…
- Soy el autor de Los miserables, El jorobado de Nôtre-Dame, Hojas de otoño…
Pero el viejo académico no reconocía ninguna de esas obras. Victor Hugo, no pudo soportar semejante desdén y espetó a su próximo compañero de filas:
- ¿Pero es que usted no lee?
- A mi edad, querido amigo, no se lee, se relee.
Sin perjuicio de que el autor de Los Miserables haya ingresado por derecho propio en el universo de los escritores clásicos, habrá que convenir con su decrépito compañero de institución que se han escrito tantas y tan bellas páginas que no deja de constituir una cierta pérdida de tiempo leer nuevas obras.
Algo de eso me está ocurriendo estas vacaciones que ya van señalando su irremediable conclusión. Y el objeto de esa re-lectura ha sido La torre del orgullo, un entretenido paseo que Barbara Tuchman (Los cañones de agosto) nos propone realizar a lo largo de la época inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial y las quiebras sociales que se produjeron entonces, antecesoras inmediatas de la gran convulsión producto de esa grave contienda.
Uno de los asuntos que explican ese abismo social, según la citada historiadora, es el que acontecía en Francia con el conocido affaire Dreyfus, que durante doce años -desde 1894 hasta 1906- conmocionó a su sociedad. Tuchman describe la profunda grieta que dividió a los partidarios de la Francia tradicional frente a quienes exigían de las instituciones una veracidad y una justicia que aquéllos -amparados en las ideas viejas, integradas de juicios previos y de convicciones tan solemnes como desprovistas de enjundia- le negaban.
Alfred Dreyfus no era sino un capitán del ejército francés. Judío, acusado de revelar secretos al enemigo -alemán-. Sería notable la intervención en el caso del famoso escritor Emile Zola, con su publicación en L’Aurore de su “J’accuse”, que impactaría de manera muy significativa en la opinión de muchos de sus compatriotas.
Resulta evidente que no existe paralelismo posible entre Dreyfus y Maura en lo relativo a sus condiciones personales. Si bien Maura no fue nunca anti-militarista, no deja de ser cierto que consideraba al ejército español como un organismo mal avenido con las necesidades que el país demandaba, y que era preciso someterlo a una profunda revisión.
Pero si las dos personalidades en nada se parecían, lo que sí se produjo en España fue la división que partió a nuestro país en dos mitades, como el affaire Dreyfus lo hizo en Francia. El “¡Maura sí” y el “¡Maura no!” operarían entre nosotros a partir del año 1909 como una especie de anti y pro-dreyfusismo en el país vecino.
El “¡Maura no!” sería una anti-bandera que enarbolaría el Rey Alfonso, toda vez que los liberales rechazaron de plano la gestión de la crisis de la Semana Trágica por su gobierno. Lo hicieron éstos en el curso de los debates parlamentarios posteriores y no inmediatamente después de los conatos revolucionarios que incendiaron Barcelona, sus centros religiosos y viviendas. Y lo hicieron en compañía de republicanos y socialistas, lo que constituía un severo varapalo al turnismo, que había caracterizado el método organizado por Cánovas y Sagasta en la Constitución de 1876. De la asociación del PSOE con Moret y Lerroux es fiel reflejo el provocativo discurso de Pablo Iglesias en el Congreso, asegurando que no dudaría en llamar al atentado personal en el caso de que Maura adviniera de nuevo al poder; atentado que en efecto tendría lugar, por fortuna sin consecuencias para la vida del político.
El “¡Maura sí!” sería la respuesta de sus seguidores más entusiastas, en especial de los jóvenes del partido conservador, junto con algunos otros -sus hijos Gabriel y en especial, Miguel, Antonio Goicoechea, José Félix de Lequerica y José María Semprún, padre de Jorge y de Carlos, de quien este último se cumplen cien años desde su nacimiento este próximo otoño-: había nacido el maurismo, el primer movimiento de masas en la política española.
Si bien don Antonio nunca se puso al frente del “¡Maura sí!”, es cierto que no llegaría nunca a perdonar la artera maniobra liberal que se había urdido en su contra y en compañía de las fuerzas opuestas al sistema restauracionista.
Lo más singular del “¡Maura no!” fue que no abogaba por una alternativa seria para hacer política en España. Después de casi tres años de buen gobierno, en los que se procedía a modificar la ley electoral, modernizar la Armada, implantar el descanso dominical -con el apoyo del PSOE-, poner las bases de la Seguridad Social a través del Instituto Nacional de Previsión, y tantas otras reformas, los liberales se habían quedado sin programa y sólo podían recurrir a un escuálido anticlericalismo. Maura se convertiría en un estorbo para que ellos alcanzaran, primero, y retuvieran, después, el poder. Allí estuvieron las maniobras de Romanones tras el asesinato de Canalejas.
Maura volvería al poder, siquiera de forma efímera, en 1918, y lo haría después en dos ocasiones más. Ejercería el papel de bombero del régimen. Era la amarga reflexión contenida en su expresión: “Por mí no quedará”.
Barbara Tuchman asegura que, cuando Dreyfus salió
de la cárcel de la “isla del diablo”, en la Guyana francesa, para acudir al juicio de revisión de su condena, se encontraba prematuramente envejecido, taciturno, carente de energías. Cuando resultó finalmente rehabilitado, le ascendieron a coronel -general, a título póstumo-. Don Antonio rechazaría la concesión del título nobiliario de Duque, que por el contrario recibió su hijo Gabriel. Sí fue aceptado por él, el Toisón de Oro.
Las fracturas sociales no se resuelven sin embargo con facilidad. No resulta suficiente una sentencia absolutoria o uno, o tres, breves gobiernos. Francia tuvo que esperar a la gran movilización social que supuso la Primera Guerra Mundial, en contra del común enemigo que era Alemania. En España, republicanos y socialistas unieron sus fuerzas hasta la contienda civil, en tanto que los liberales, que sólo pretendían el poder, buscaban en el favor del Rey a una u otra de sus facciones la causa de su subsistencia, subsumiéndose después en la amalgama de políticos que aspiraban a que la República fuera cosa diferente de la que resultaría. Los conservadores se dividían, a su vez, en datistas, ciervistas y mauristas, descomponiéndose -estos últimos- en demócratas republicanos y reaccionarios de Renovación Española con el advenimiento de la República.
Pero la amargura ante la injusticia a la que sus respectivas patrias sometieron a Dreyfus y a Maura les acompañaría hasta sus respectivos desenlaces. Habían librado batallas que a ningún ser humano les resulta factible vencer por sí solo.
Sólo les quedaba el juicio de la historia.
